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Texto crítico

Albert Boada: el equilibrio del todo

“Así pues, en la vida es útil, sobre todo, perfeccionar todo lo posible el entendimiento o la razón, y en eso sólo consiste la suprema felicidad o beatitud del hombre, pues la beatitud no es otra cosa que el contento de ánimo que surge del conocimiento intuitivo de Dios, y perfeccionar el entendimiento no es otra cosa que conocer a Dios, sus atributos y las acciones que derivan de la necesidad de su naturaleza”.

Ética demostrada según el orden geométrico. Benito de Espinosa. 1677.

La reflexión del filósofo Benito de Espinosa resulta de sumo interés para acercarse a la obra del pintor Albert Boada (Barcelona, 1965) porque, en su producción, el conocimiento aparece como una necesidad vital, inseparable de los afectos y de la búsqueda de plenitud. Para Boada, conocer no equivale simplemente a acumular información: significa observar aquello que suele permanecer oculto, desmontar las categorías aceptadas y alcanzar un estado de conciencia desde el que sea posible habitar el mundo de otro modo. Sus series no constituyen compartimentos estancos ni capítulos aislados, a pesar de poseer títulos, personajes y escenarios propios. Forman, más bien, un totum; un organismo plástico en el que cada parte transforma la lectura de las demás y donde la inquietud, el placer, la naturaleza, la animalidad y el pensamiento terminan reuniéndose.

A este respecto, el equilibrio del conjunto no surge de una armonía fácil. Se construye mediante tensiones: saber e ignorar, retirarse y actuar, dominar y cuidar, humanizar y respetar, sentirse a salvo y aceptar la perturbación. Nuestro protagonista sitúa al sujeto en el interior de estas contradicciones, obligándolo a tomar conciencia de su fragilidad. Así, la pintura deja de ser una mera mímesis del entorno para convertirse en un campo de posibilidades. Como afirmó Theodor W. Adorno, “Las obras de arte son imitaciones de lo empíricamente vivo, aportando a esto lo que fuera le está negando” (Theodor W. Adorno, Teoría estética, 1970). En el universo de Boada, aquello que la realidad niega es justamente la ocasión de detenerse, dudar, imaginar alternativas y reconocer la existencia del otro, incluso cuando ese otro no es humano.

La duda articula buena parte de este proyecto. En sus escenas más inquietantes, los personajes descubren que la realidad estaba organizada por la estupidez, la comodidad o el engaño. El conocimiento no los salva de manera inmediata; al contrario, primero los desestabiliza. Saber implica perder la protección proporcionada por la ignorancia y enfrentarse a una verdad que puede resultar absurda, dolorosa o sencillamente insoportable. Con todo, esta turbación no debe entenderse como el reverso absoluto de la serenidad presente en otras obras. Es su condición. Nadie alcanza una paz consciente sin haber advertido antes el ruido que la amenaza. Por ello, Conturbant, Voluptas o Divina affectio no funcionan como universos opuestos, sino como distintas intensidades de una misma investigación acerca de la conciencia.

Este tránsito cobra especial relevancia en la sociedad coetánea, sometida a una exigencia constante de actividad, eficacia y superación. “El reverso de este proceso estriba en que la sociedad de rendimiento y actividad produce un cansancio y un agotamiento excesivos. Estos estados psíquicos son precisamente característicos de un mundo que es pobre en negatividad y que, en su lugar, está dominado por un exceso de positividad” (Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio, 2010). La reflexión del filósofo Byung-Chul Han permite comprender que la calma representada por Boada no es pasividad, ingenuidad ni complacencia. Frente al mandato de producir sin descanso, detenerse puede convertirse en un gesto crítico. Sus figuras reposan, observan o se abandonan al momento, pero dicha quietud no las vacía: las devuelve a sí mismas. El placer deja de identificarse con el consumo y se aproxima a la ataraxia, es decir, a la ausencia de perturbaciones innecesarias. A la par, el pintor catalán reconoce que la negatividad existe en la vida, y esta exige resiliencia y calma en momentos dados, ya que la positividad, según el discurso del filósofo coreano, gira en torno al máximo rendimiento.

Por este motivo, la voluptuosidad en Boada es fundamentalmente interior. “En ninguna parte un hombre se retira con mayor tranquilidad y más calma que en su propia alma” (Marco Aurelio, Meditaciones, ca. 170-180). Sin embargo, el artista no se limita a asumir la máxima estoica. Sus personajes se retiran en sí mismos a la vez que permanecen unidos al exterior, porque el cuerpo, la mirada y el paisaje continúan afectándolos. La plenitud no se alcanza negando lo sensible, sino encontrando una proporción entre el yo y cuanto lo rodea. De ahí que el descanso de sus figuras no deba leerse como una huida definitiva. Es una pausa reparadora desde la cual recomponer la relación con el mundo; una suspensión temporal que permite recuperar el pensamiento frente a las inercias de la productividad.

La naturaleza participa activamente en esta recomposición. No actúa como un decorado hermoso dispuesto detrás de los protagonistas, sino como una presencia que amplifica sus estados psíquicos y, en ocasiones, los desborda. Mares, prados, costas y extensiones aparentemente infinitas reducen la centralidad humana y recuerdan al sujeto que forma parte de una realidad más vasta. “La infinidad tiene una tendencia a llenar la mente con aquella especie de horror delicioso” (Edmund Burke, Indagación filosófica acerca del origen de nuestras ideas sobre lo sublime y lo bello, 1757). Este horror delicioso pervive en la paisajística de Boada: la naturaleza atrae y, simultáneamente, inquieta; promete refugio, pero no se deja poseer por completo. En esta ambivalencia se encuentra una de las claves de su equilibrio.

El paisaje, además, introduce una temporalidad distinta a la impuesta por la vida acelerada. Ante su vastedad, la urgencia pierde fuerza y el individuo puede percibir el presente con mayor intensidad. Divina affectio y Voluptas convergen en este punto: ambas sugieren una plenitud que no depende de conquistar ni de acumular, sino de estar, sentir y mirar. La dimensión divina no tiene por qué identificarse aquí con una doctrina religiosa concreta. Puede entenderse como la experiencia de algo que excede al yo y lo obliga a reconocerse finito. Así, el afecto se vuelve una vía de conocimiento, mientras que el conocimiento, siguiendo a Spinoza, conduce a un contento de ánimo que nunca es simple felicidad superficial.

Esta apertura hacia aquello que excede al sujeto alcanza también a los animales. En Amici Nobis, Boada cuestiona la posición privilegiada que la humanidad se ha concedido y las categorías mediante las cuales convierte a otros seres vivos en alimento, herramienta, entretenimiento o propiedad. Sus inversiones fantásticas y, en ocasiones, burlescas no buscan humanizar al animal hasta borrarlo, sino evidenciar la violencia escondida bajo determinadas formas de afecto. Al alterar los papeles entre propietario y mascota, sujeto y objeto, el pintor rompe la aparente naturalidad de esas jerarquías. La animalidad se incorpora de este modo al totum de su obra, ensanchando una reflexión que ya no concierne solamente al bienestar humano, sino a la posibilidad de convivir sin reducir la diferencia a utilidad.

Sin lugar a duda, este desplazamiento resulta coherente con el sentido general de su producción. El conocimiento que propone Boada no es únicamente racional ni se dirige hacia una verdad abstracta. Se origina en el contacto con cuerpos, miradas, territorios y seres que perturban la seguridad del yo. Conocer supone dejarse afectar. Por eso la crítica a la estupidez, el sosiego de los personajes, la sublimidad del paisaje y la dignificación animal responden a una misma pregunta: ¿cómo vivir conscientemente sin dominar cuanto nos rodea ni quedar atrapados por el ruido del mundo? El artista no ofrece una respuesta cerrada, pero construye escenas donde esta cuestión puede sostenerse sin simplificaciones.

En definitiva, el totum de Boada se fundamenta en un equilibrio móvil, nunca concluido. La perturbación conduce al pensamiento; el pensamiento descubre la necesidad de descanso; el descanso abre la mirada hacia la naturaleza; la naturaleza limita el antropocentrismo, y esa pérdida de centralidad hace posible reconocer al animal como otro legítimo. Cada serie señala una zona concreta de este recorrido, pero ninguna se basta por sí sola. Juntas componen una cartografía afectiva y moral de la existencia contemporánea. En ella, la pintura no ilustra soluciones, sino que activa una conciencia capaz de atravesar el cansancio, la ignorancia y la dominación para aproximarse a una plenitud lúcida. Esa es, quizá, la divina affectio que recorre toda la obra: no una beatitud ajena al conflicto, sino el contento que nace después de mirar el mundo de frente, comprender su complejidad y aceptar que el equilibrio solo existe mientras continúa transformándose.