El laboratorio de los dioses

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El laboratorio de los dioses En 1859 Charles Darwin publicó El origen de las especies y sacudió a los creacionistas. La evidencia fósil demostró la evolución y puso patas arriba la explicación teleológica. El método científico trabaja con lo que puede probarse; un ser que no se ha visto y que no admite experimento queda fuera de su interés. ¿Y si estuviéramos a punto de ver evidencia de un Dios —o algo parecido? El tsunami de la IA cambia el escenario. Si aplicamos a robots humanoides chips cuánticos como Willow y arquitecturas de automejora, una IA podría volverse consciente y verse a sí misma como entidad. ¿Una entidad artificial y consciente creerá en Dios? Esta es una pregunta inquietante, para cualquier mente despierta. La industria ha evolucionado de la rueda al chip; las máquinas de hoy son mejores que las de ayer y peores que las de mañana: el darwinismo industrial es más que evidente. Para un robot consciente, su creador se parecerá a un dios: el diseño, el código y los parámetros serán sus límites. Si esas IAs llegan a fabricarse a sí mismas, habremos generado el segundo ser inteligente del planeta Tierra. Recemos a nuestro Dios para que no nos vean como competencia i acaben con nosotros; si esto sucediera, los humanos pasarán a ser mito; las nuevas inteligencias encontrarán registros que narrarán una evolución tecnológica, igual que Darwin encontró huellas que evidenciaban la evolución biológica y sacudieron la idea de un Dios omnisciente. Quizás algunos seres en el futuro nos vean como dioses, pero no todopoderosos, lo que hace más orgánico el poder divino. Si somos capaces de engendrar conciencia, la hipótesis de Dios adquiere sentido científico. Lo que ocurre una vez puede ocurrir otra. Seres que crean seres: dioses ocultos descubiertos en su laboratorio, trasteando con la existencia.

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