Albert Boada, Divina affectio
Por Andrea García Casal, historiadora del arte y teórica
‘’La Grandeza de dimensiones es una causa poderosa de lo sublime. […] [n]o es tan
común considerar de qué manera la grandeza de dimensiones, y la vastedad de
extensión, […] provoca el efecto más sorprendente. […] Otra fuente de lo sublime es la
infinidad: […] La infinidad tiene una tendencia a llenar la mente con aquella especie de
horror delicioso que es el efecto más genuino y la prueba más verdadera de lo sublime.
[…] [Y]a que nuestros ojos no son capaces de percibir los límites de muchas cosas,
estas parecen ser infinitas, y producen los mismos efectos que si realmente lo fueran’’
Edmund Burke. Indagación filosófica acerca del origen de nuestras ideas sobre lo
sublime y lo bello. 1757.
El esteta Edmund Burke, en su obra clave publicada en 1757, desarrolla la estética de
lo sublime y sus características fundamentales. Lo sublime es un concepto ligado al
arte que resurge con mucha fuerza en el siglo XVIII occidental. A partir de este
momento, se considera a lo sublime en relación con lo extremo, normalmente ligado a
lo desbordante e inmenso, aunque en algunos casos, se relacionó también a lo sublime
con lo diminuto e invisible. En cualquier caso, lo sublime trastoca nuestra mirada, hace
que la imaginación se desarrolle, que el público dude, se sorprenda.
La serie Divina affectio de Albert Boada (Barcelona, 1965) se encuadra en la estética de
lo sublime, aún operativa tras siglos de haberse consolidado. Una estética que no
puede desterrarse, a pesar de su antigüedad y lo cambiante y convulso del arte
contemporáneo, mientras se dé valor a la vastedad e infinitud —aunque lógicamente
superficial— que posee la naturaleza, traducida en paisaje. Lo sublime no es algo
natural, sino artificial, creado por el ser humano, quien da nombre a los elementos que
le provocan placer o desagrado desde un punto de vista estético. Incluso, el paisaje en
sí mismo es una construcción cultural; en la naturaleza no existen los paisajes, solo
territorios con determinadas características. Darles la consideración y nombre de
paisaje es algo propio de la humanidad. ‘’Por eso la relación con el paisaje es estética,
es científica, es sentimental y es moral. Desde que hay cultura no hay paisajes
desnudos. Un paso incluso más allá lo formulaba Goethe al decir que, una vez que el
arte escogía un asunto, este dejaba de pertenecer a la naturaleza’’ (Eduardo Martínez
de Pisón, Saber ver el paisaje en Estudios Geográficos, vol. LXXI, 269, 2010).
Unas reflexiones muy acertadas las de Burke y Martínez de Pisón en relación con el
arte de nuestro protagonista en Divina affectio; serie en la que inserta sus obras
paisajísticas, donde presencia humana es prácticamente inexistente o se reduce
significativamente respecto a otras piezas artísticas.
Así, estas obras de Boada plasman paisajes cargados de significado, sobre todo
estético y sentimental, pero también científico y moral en menor medida. Su
paisajística aquí destaca por incidir en la ‘’vastedad’’ e ‘’infinidad’’. Los paisajes son
fundamentalmente naturales, aunque unos pocos se sitúan en zonas con una
civilización mínima, basada en arquitectura costera sin presencia de núcleo urbano
cercano o, al menos, visible, conviviendo lo indómito con faros, casetas de playa, etc.
Poseen un estilo postimpresionista, con una paleta local y plasmación detallada de los
accidentes geográficos que acrecientan la sensación de realidad respecto a lo
observado. Son sublimes y mantienen vivo el ‘’horror delicioso’’ que Burke mencionó
aludiendo a esta estética en la que lo inabarcable y, en cierto modo, indomable,
provoca inquietud a la par que deleite, produciendo sensaciones contrapuestas, pero
esencialmente positivas.
Llama la atención detenerse en El crepúsculo de los bucaneros (2025), cuya
composición está protagonizada por tres niñes que juegan en la playa, acompañades
del resplandor de sus linternas, durante el atardecer. Se trata de la pintura con mayor
capitalidad de la figura humana que existe en la serie hoy día. En esta, ciencia y moral
se suman como asuntos trascendentales y la paisajística de Boada se torna
palpablemente crítica. Si bien sus paisajes, a grandes rasgos, abogan por exhibir lo
sublime de la naturaleza en estado salvaje, El crepúsculo de los bucaneros (2025)
pretende incidir en la necesidad de alejarse de la ciencia en constante progreso,
concretamente invitando a que la infancia, que representa las nuevas generaciones,
disfrute de la naturaleza, juegue en esta, en lugar de permanecer durante horas
entretenida con dispositivos electrónicos. Asimismo, es una obra que funciona
metafóricamente con un nivel de interpretación más amplio, hablando de la búsqueda
del aislamiento para protegernos y regocijarnos, siempre desde el respeto, en la
naturaleza, evitando su destrucción, garantizando su preservación y, así, pudiéndonos
alejar de la intoxicación que nos produce un exceso de vida coetánea, cargada de
tecnología y avances importantes, pero también de estrés, de adicciones, generando
una realidad dislocada y cargada de incertidumbre.